Cuando iba a presentar el blog le pedí a un amigo que me escribiera un post para invitar a que la gente viniera a Galicia… esta es la historia…

Galicia es un trozo de tierra con unas características muy peculiares, seguramente como cualquier otro en la tierra. Tiene su bandera, su idioma, su idiosincrasia, sus tradiciones, su cultura… Exactamente igual que cualquier otra nación en el mundo. Y sin embargo, es única. No son solo sus paisajes, su clima, su gastronomía o su saber vivir lo que hace de mi tierra madre un lugar tan particular, si no su gente. ¡Cómo echo de menos a Galicia y a su gente!

En efecto, quien escribe es un gallego exiliado. Hay quien dirá que no, que solo soy un joven con espíritu aventurero, pero no: soy gallego, y como gallego que soy no me queda otra que ser emigrante. Porque en Galicia somos así: siempre hay algo que nos obliga a separarnos de lo que más queremos: nuestra casa.

Concretamente vivo en Australia. Cuando me marché busqué un lugar que se pareciera a Galicia, y un chaval de Madrid me dijo “oie gaiego, en el sur de Australia iueve mucho y hay un montón de eucaliptos”. Y aquí estoy, viviendo en Sydney desde hace ya casi un año.

Cuando uno emigra no puede evitar hacer comparaciones: que si el clima, que si la comida, que si la bebida, que si la arquitectura… Y todo, pero absolutamente todo, es una mierda. A ver, es una mierda si vienes de Galicia, claro, porque si tu pueblo natal es Mombuey en medio de la meseta castellana todo te parecerá increíble. Pero si vienes de Galicia no, porque para ti, como gallego, Galicia es el pueblo (o si acaso el barrio) donde te criaste. Los de alrededor son una panda de flipaos, y ya no digamos todos los que están pasando el Bierzo y Ribadeo. Esos no tienen ni puta idea de lo que es vivir.

Acostumbré a pasar los años de mi juventud metido en bares, haciendo cosas tan interesantes como discutir con los de Lugo para hacerles ver que el plural de “camión” no se dice “camiois”, que se dice “camións”, y no había manera. Ellos me criticaban por decir “Jalisia”, y no “Galicia”. Jamás llegábamos a un acuerdo hasta que no aparecía uno de Ourense. Entonces le recriminábamos que a ver porqué narices ellos decían “tú”, cuando el pronombre de segunda persona en gallego es “ti”. El de Ourense decía que nos calláramos hasta que en nuestros pueblos se hiciera un licor café como en el suyo. Aprovechábamos que sacaba el tema para pedir una ronda de tan maravillosa bebida.

Una vez aterricé en Australia lo primero en lo que me fijé es que apenas había bares. En mi barrio, por ejemplo, puedo contar apenas cuatro bares a los que salir a tomar algo tranquilamente. ¿Qué tanto costará en cien metros de calle poner ochenta bares, como la gente normal? Pues nada, en Australia no les entra en la cabeza. Pero es que además tampoco saben comportarse dentro. Cuando entras a un bar el camarero no habla contigo pero ni aunque te conozca. No te da conversación, no te da su opinión sobre cosas que a ti no te interesan, no te escucha tus problemas ni maldice todo lo que sea o haga cosas distintas a las que él hace… En resumen, no se comporta como un camarero. Yo me acuerdo que a mi pueblo iban un montón de madrileños [1] que cuando llegaban al bar pedían lo que les apetecía:

-¡Oie, oie, gaiego! ¡Ponnos aquí unos güisquis!

-Sí hombre sí… ¿Blanco o tinto?

Y los madrileños se tomaban lo que al camarero le apetecía –que generalmente era lo que se conoce como “unha cunca”, para sorpresa y exclamación de los madrileños que decían “¡ai mira que tazinas más monas de barro para beber el vino tienen los gaiegos!”

Aquí no pasa eso. Australia tiene un tiempo increíble pero no lo saben explotar. No hay tabernas, no hay antros, no hay… No hay confianza con el cliente. Cuando entras en un bar y pides una ronda tienes que pagarla nada más ser servido. Por el amor de dios, ¡que no me voy a escapar! ¿Qué sitio puede haber mejor que un bar? (Aunque es una pregunta retórica voy a contestarla: otro bar). Esto en Galicia no pasa, y yo tengo mi pequeña teoría.

Como ya he dicho antes, soy una ejemplificación de que Galicia es un pueblo de emigrantes. No es de ahora, ni de los años previos y posteriores a la guerra. Es de siempre. Cristobal Colón es un ejemplo clarísimo. Cierto es que hay dudas sobre su nacionalidad, pero yo lo tengo muy claro: cuando le preguntaban que si era de Ginebra o de Barcelona él respondía con otra pregunta: “¿y luego?”. Le tenían que preguntar en su idioma: “Cristobal, ti es de eiquí ou ves á festa?”, y entonces con menos de tres palabras ya sabías de qué pueblo era, cuál era su familia y que su tía Maruxa se había enfadado con Pepiña de Brocos porque le movió los marcos de la finca de A Veiga.

Los gallegos llevamos emigrando desde siempre y esto ha cambiado nuestra actitud en los bares. Cuando vas a un bar y ves a un tipo que sigue ahí ronda tras ronda tras ronda sabes que es gallego incluso sin hablar con él. Y si lo que ves es un grupo de gente peleándose por pagar… Tal vez sean madrileños, pero si la discusión incluye golpes en la mesa, expresiones monosilábica y violencia verbal (nunca física) de esa que hace llorar al niño Jesús, entonces baje dios y lo vea: esos tipos son gallegos.

Esta costumbre de pagar siempre viene de la emigración. Cuando Cristobal Colón volvió de América no estaba abriendo nuevas rutas de comercio, sino creando itinerarios para futuros emigrantes. Y la vida del emigrante, y de esto puedo contar muchas cosas, es muy dura. Hoy en día no tanto, pero cuando mis abuelos se marcharon a “hacer las américas” lo llevaban mal. Trabajaban muchas horas y no conocían nada. El poco tiempo libre que tenían lo pasaban en el bar, socializando. Un buen día alguien lió a un gallego para montar un bar:

-Oye gallego –dijo el liante-, tú deberías de montar un bar para todos estos gallegos que están viniendo.

El gallego, tras contarle a todo el mundo durante tres meses porqué eso es una idea que no tiene ni pies ni cabeza, al final decide montarlo “porque se non qué, ho? Vai quedar aí sen montar…” Y esto marcó un antes y un después en la historia: este bar empezó a llenarse de gallegos, y el licor café junto con las discusiones con gente de Lugo que no sabe hablar como dios manda los hacía estar despiertos hasta las tantas.

Así fue que el bar se fue llenando de gentuza. Gentuza pero que para los gallegos de aquel entonces no les parecían distintos de cualquier madrileño (o de cualquiera de fuera de su pueblo, vaya). Un buen día un gallego se volvió para Galicia. Fue al bar, pidió un licor café y dijo “bueno, pues marcho, que tengo que marchar”. Y entonces uno de aquellos tipos le pidió que por favor le llevara un paquete a Galicia.

-¿Y esto qué es?

-Esto es… Esto es harina.

-Carallo, ¿y por qué quieres mandar harina de Colombia a mi pueblo?

-Es que… Es que la de aquí es especial. Usté désela al señor que lo estará esperando en el muelle. Ya te dará unas pesetas de propina.

El gallego, que seguía pensando que fuera de su pueblo estaban tocados de la olla, aceptó sin más miramientos. Además sacarse una propinilla por llevar harina tampoco es mal plan del todo.

Al llegar a Vilagarcía le entregó el paquete al señor en cuestión y recibió una sabrosa cuantía de dinero. Y el gallego, que no es tonto aunque se crea lo contrario, le dijo al tipo que si quería más fariña él mismo bajaba a por más si hacía falta. Establecieron unos precios, firmaron un contrato ficticio y todo lo demás es historia. Lo positivo de este aspecto es que los gallegos, al ser tan misteriosos ya por naturaleza, nunca levantaban sospechas. Así, cuando este primer traficante se encontraba con el cuñado de Ramiriño de Trisques, que era Guardia Civil, sus conversaciones sobre la familia, el negocio de Maria Jesús y el estado de salud de la tía abuela Asunción se reducían siempre a la más mínima expresión:

-Eeeeeeh?!

-Naaaaaah…

Pese a todo, al cabo de un tiempo comenzó a ser sospechoso para las autoridades que este buen hombre emigrara tantas veces a las américas, y en previsión de lo que se le venía encima metió su producto –al que denominaba fariña, el nombre gallego de “harina”- en osos de peluche. Las conversaciones con la guardia civil se tornaron más profundas.

-¿Y luego qué, y luego? –que aunque lo escriba en castellano, realmente significa “¿qué pasa, hombre?”.

-Y por aquí… -No va mal del todo, quiere decir en realidad-.

-¿Para las américas?

-La cosa está muy maliña hombre…

-Me falte Dios, mucho vas últimamente.

-Es que no remontamos hombre, no damos remontado…

-¿Y pa cuanto vas?

-No te sé, lo mismo te vuelvo para la semana como para los seis meses…

-¡Bueno carallo! ¡Vas volver, vas! –nunca supe qué quiere decir realmente esta expresión, pero lo cierto es que la uso mucho para hacerme el interesante y luego ya que cada uno entienda lo que le apetezca. Creo que en eso se basa nuestro idioma-.

Este primer narcotraficante levantó sospechas en todo el pueblo y el rumor se corrió como la pólvora. Toda Vilagarcía se convirtió en pueblo de emigrantes los meses que llevaban R y emigrantes retornados los que no. Este sistema de meses con R hoy se asocia para las épocas del marisco porque en aquel entonces “marisco de la ría” era argot para referirse a la fariña.

Poco a poco fue desapareciendo la moneda como forma de cambio. Todos tenían sus ahorros bajo el colchón. Pagaban con kilos de fariña. El cuñado de Ramiriño de Trisques, el guardia civil, no daba abasto.

-Pero oistes, juanciño, muchos ositos de peluches traes desta vez.

-Hombre Ramiriño, un recuerdo para la familia haberá que traerle, ¿no?

-Ay un recuerdo sí hombre, pero que traes como trescientos por lo menos. Y la semana pasada otros tantos.

-Es que uno cuando está allí no sabe cuándo va a volver, así que compra varios porque le llegan rumores de que si la prima de manolucho está preñada, que si la otra al final va a tener gemelos… Además, la morriña es la morriña y claro, luego al final igual acabas comprando de más, ¿no?

Pero Ramiriño tampoco era tonto, así que se puso a buscar a compradores de ositos de peluche. Mientras, los demás traficantes estaban en el bar. En parte por miedo a salir a la calle y que los pillaran, en parte porque un bar tampoco es un mal sitio para estar.

-¿Se marchó ya Ramiriño?

-Sigué ahí el condeado.

-Bueno ho, pues lárgale ahí otra ronda anda, a ver si el de Lugo se mete en la cabeza como se hacen los plurales.

Y así pasaban la tarde, en el bar, entrenando para unas hipotéticas e imaginarias olimpiadas. De ahí viene el increíble número de bares que tanto echo en falta en este país. El camarero, que no es tonto, dejaba apuntado todo para que no se asustaran con el precio, aunque con la cantidad de material que podían llegar a llevar encima tampoco era un problema. De hecho, era una virtud poder gastar y quitárselo todo de encima.

Cuando Ramiriño se cansó decidió hacer guardia frente al bar hasta que estos salieran, y los primitivos narcos se sintieron acorralados.

-¡Lárgale otra!

-¡Dale otra más aquí!

-Ponle una aquí a mi compadre!

Cada vez tenían más tolerancia al alcohol, característica heredada por todos sus descendientes (a ver quién es el guapo que tumba a un gallego bebiendo). Pero en un determinado momento de esa tarde uno de ellos decidió poner fin a todo:

-A ver ho, cóbrame aquí que me marcho.

Se hizo el silencio, todos le miraron.

-Cóbrame hombre, que tengo que marchar.

-¿Catorce cuncas?

-No hombre no, cóbrame 140, que invito yo, que aquí hay dinero.

No le dieron mucha importancia –incluso quedaron agradecidos-, pero en realidad fue una grandísima jugada. Cuando salió, Ramiriño lo interceptó pero no le encontró nada –se había dejado toda la mercancía invitando a los demás-. Se marchó para su casa mientras que sus compadres se dieron cuenta de que tendrían que beber muchísimo más o dejarle propina al camarero (nunca ocurre porque nunca te pone lo que quieres).

A partir de ese día invitar se convirtió en la costumbre del pueblo para deshacerse de la droga y por tanto de la prueba del delito.

[1] Madrileño: turista. Suelen caer mal hasta que demuestren lo contrario, sobre todo si en realidad son de Madrid.

Iago Prada

 

Podéis seguir leyendo sus historias en su blog, iagoprada@blogspot.com.es